24 horas en Barcelona. Parte I

24 horas en Barcelona. Parte I

No más de un día, pero dio para mucho, un plan exprés muy recomendable para cualquier pareja que tras el trabajo, los niños y los compromisos sociales dejan de mimar su relación sentimental…,  y a esa, si hay que mimar!!!

Visitar Barcelona siempre es buena idea y pasear por sus amplias calles una maravilla. Me encanta La rambla con sus puestecitos de flores, los kioscos y las cafeterías. Cerca está el Bosc de les Fades, un lugar mítico que solía frecuentar en mi época de modelo cuando vivía en la capital catalana, pero esa es otra historia…

Cargamos las maletas al coche, aunque íbamos no más que un día, los porsiacaso no podían faltar (te salvan de muchas!). Cuatro horas de kilometraje, que pasaron como una, dieron para ponernos al día, pues con tanto pañal, mocos y deberes no hay un momento de relax y desconexión para dos!!

Llegamos al Hotel, el Mandarin Oriental, quedé impresionada por la entrada, con su rampa longitudinal para acceder al interior,  desde la calle, se podía entrever el hall con su precioso árbol de navidad, adornado por los dibujos de los niños de un centro de acogida catalán, me conmovió!

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Nos estaban esperando con un té de frutos rojos calentito, qué bien nos sentó! pues ya se notaban esos grados de más que tenía la ciudad.

Directamente fuimos a comer, eran pasadas las 15:30 y las tripas nos rechinchinaban!! La cocina estaba cerrada, pero fueron muy amables y nos prepararon algunos platos, exquisitos por cierto, el chef era Ángel León, la estrella Michelin andaluza del puerto de Santa María, conocido como el Chef del Mar. Nos deleitamos con la Burrata Bistreau, rellena de erizo de mar con tomates cherry y las croquetas de calamar y su tinta. Un manjar para nuestros estómagos hambrientos, y para nosotros! que nos chupábamos los dedos con la salsa kimuchi del milhojas de patata, la versión de la tortilla de patatas según Ángel, que cogimos con las pinzas de las manos.

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Calmados nuestros estómagos y dejándome llevar por el relax del momento con la calentita infusión de manzanilla en mis manos, me quedé perpetua!! No me lo podía creer, estaba sentada en uno de los sofás que tanto me rechiflaban el Husk de Patricia y que B&B había ejecutado tan bien, como siempre hace con su mobiliario!!! Mi hambruna me cegó hasta tal punto de no dejarme visualizar aquella maravilla de espacio que habían creado con el diseño y la calidez de una de mis arquitectas y diseñadoras de interiores preferidas, Patricia Urquiola.

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El amplio espacio de la sala junto a la tremenda altura de los techos dejaban filtrar la luz natural del atrio interior del edificio, que hacían resaltar el protagonismo de la geometría ordenada y flexible del habitáculo.

Un espacio muy bien distribuido con alfombras Tai-ping y un enorme árbol de navidad con bolsas-regalo postradas de las firmas de moda más relevantes.

Tras recrearnos en la sobremesa, nos trasladamos a la planta 4 donde disponíamos de la habitación. David se tiró en la cama, las cuatro horas de coche le había dejado roto, yo sin embargo, me fui a cotillear por el hotel, era la primera salida sin niños después de unos cuantos meses y no podía perder el tiempo.

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Acabé en el spa, para variar!! necesitaba descubrir la carta de tratamientos que ofrecían, para probar aquel que no conociera por si había que incluirlo en la carta de Yser, mi instituto de belleza y bienestar de la Calle Colón de Valencia, para el disfrute de mis clientas. Pero la opción en tratamientos en los hoteles suele ser muy básica en cuanto a belleza se refiere, así que le reservé un masaje descontracturante a mi maridín y yo acabé probando la manicura tan especial que me aseguraba la esteticista del Mandarín, la de Révérence de Bastien tan glamurosa que sólo estaba en los mejores hoteles del mundo y que me dejó las uñas tan brillantes como si estuvieran esmaltadas pero sin estarlo! y que conservaría el brillo dos semanas.

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Hasta aquí la Parte I de mis aventuras por la ciudad condal. ¡El jueves os sigo contando!

Fotos: Mandarin Oriental, Estudi Akema.

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